viernes, 1 de diciembre de 2017

Posdata

Mario hablaba de una nueva acepción, la cual añadiría la realidad completa a la memoria popular, lo expresaba así:

“[…] En la modesta plaza de una ciudad que figura en el atlas, suele erigirse un monumento a un personaje cuya posdata lo derrumbaría”

Las posdatas tumban leyendas de personas idolatradas a lo largo de la historia, como Aquiles que tal vez no fuera tan hábil o Guillermo Tell tan cierto. Pueda ser que ni existieran.

A veces contemplamos personas que desbordan nuestras expectativas, que nos maravillan, bien sea por su voz, su físico, su inteligencia, su humor, etc.

Llega un punto en el que esa persona torna en referente y se aleja de la esfera de lo normal para volverse cuasi-inexpugnable, sólo si se activan una serie de mecanismos, por ejemplo una opinión que nos choque, algo fuera de lugar, volverá al terreno de lo mundano. Pero ojo  a sus respuestas pues siempre es posible volver a esos altares de la nada.

En lenguaje coloquial a este acontecimiento se le llama fenómeno fan.

Hay muchos tipos de personas que pueden llegar a ser encumbrados, aunque sin duda los más retorcidos son aquellos que dominan la oratoria. Duda siempre de quien habla y no le entiendes, no dejes que las luces discursivas, esos recursos que quedan tan bien en las frases, cieguen el fondo de lo que se habla, hay que ver más allá de la apariencia para conocer la verdad, las intenciones.


Al fin y al cabo todas las personas tenemos posdata.



Imagen obtenida de:







martes, 21 de marzo de 2017

Historias de un día de la poesía

En prólogo.

Entra con tiento y sin tapujos
Entre corchetes y silencios
La melodía opaca con paso
Firme y difuso.

Capítulo 1.

Arranca en ciernes la marcha
Que labra el campo poco a poco
Mientras fragua la tierra con
Sudor y azada.

Capítulo 2.

Con las cabras por montera
Sube al monte galopante
Entre letras y pastoreo
Curte verso a verso sus andares.

Capítulo 3.

Ancha finca la del Alba
Que cultivan sus campestres
Y disfrutan de su jugo
Señoras y señores de opulento “ducaje”

Capítulo 4.

Tienen las señorías un Botín
En alta estima que relata
Las salvedades con sesgada tiranía
Y muestran en el circo su dilatada piratería.


Fin.

Sin litigio ni penuria
Se acaba este entramado
De historias y aranceles

De península, tierra y barro.




Cuadro Las espigadoras de  Jean-François Millet.


sábado, 28 de enero de 2017

Entre Hojas y Carruseles. (Primera parte)

      Se asomaba un nuevo día en París. Como siempre, los amaneceres aún soleados eran grisáceos y el cielo se cubría con un velo de nubes dando una sensación lúgubremente hermosa.
Me asomé por la ventana del hotel para observar este acontecimiento, que no por cotidiano dejaba de ser hermoso. Mientras el sol caminaba hacia su zenit yo tomaba un café y pensaba en que hacer, aún me quedaban tres días en París y lo único seguro, aparte de la reunión del martes, era mi visita al museo D´Orsay esa misma tarde. Sin nada claro después del ritual matutino me dirigí hacia el café Wilde, no era su nombre pero era famoso por las visitas del escritor y yo no lo recordaba.

    Tomé un café y saqué mi libreta de notas, era un pequeño block con tapa de cuero y mis iniciales grabadas en el interior que me habían regalado para mi cumpleaños, donde escribía pequeños poemas sobre mí alrededor.
Era una liberación, es como si el mundo se pusiera en blanco y estuviera sólo frente a aquello sobre lo que quisiera escribir. Era casi catárquico, me servía para cualquier situación de explosión emocional o de estabilidad mundana que quisiera plasmar con versos. Me encontraba en una etapa convulsa de mi vida donde mi principal preocupación era el tiempo y qué hacer con él. Sobre ello había escrito lo siguiente:

                               “En las manecillas del
                                Tiempo, el óxido se
                                Acumulaba en sus        
        Entresijos que se
        Van corroyendo conforme
        Avanzan y en cada
        Tic se aproxima
        El inevitable fin.

        Los engranajes
        Desgastados se
        Realentizan sobre
        Si mismos y
        De forma renqueante
        Avanzan.

          Con una fastuosa cotidianidad
          Las piezas se parando
          Y con el tiempo casi prestado
          Sin  ya dilación, se apagan”


    El café estaba mediado y frío, el tiempo que había estado abstraído fue el suficiente para que fuera intomable o cuando menos poco recomendable. Pero como me apetecía tomar otro hice de tripas corazón  y lo engullí antes de pedir. Está vez la vergüenza (estúpida todo sea dicho) venció al pudor.
Puse rumbo a un pequeño restaurante que se encontraba cerca del museo D´Orsay pues tenía planteado pasarme allí toda la tarde admirando las diferentes salas y escribiendo sobre ellas.
Pedí una tosta con tomate y jamón, la cual daba para comer pues era enorme. La acompañé de una Orangina (al cambio un Kas de naranja) que acompañado de la estética del lugar te hacía sentir como si viajaras a un bar de los EE.UU. en los años setenta.

    Si lo pienso fríamente soy un amante del folclore cultural, con bien poco me conformo y se me impresiona, al fin y al cabo me encanta viajar que junto a escribir forman parte esencial de mi aficiones, aunque esta primera no sea siempre posible con la frecuencia que me gustaría. Viajar, esa palabra hoy tan manida que muere poquito a poco en la soledad de las captaciones múltiples y veloces para acabar de fenecer en los muros con apogeo diario y rutina de olvido. Dejé de pensar en viajar, estaba en París y debía disfrutar los días de estancia aunque la entrevista saliera mal, al final era un trabajo más en una oficina, pero bueno era en París.

    Puse rumbo que estaba a cinco minutos. La antigua estación de tren ya se alzaba frente a mis ojos y su hermosa fachada se mezclaba con el río, lo cual generaba un paisaje inigualable.
La cola avanzaba rápido y el museo se abría ante nuestros ojos mientras el reloj central marcaba la hora.

Cogí una guía para conocer la disposición de las salas y si había una exposición nueva o algún evento especial, aunque realmente sabía que me pasaría horas frente a los acuchilladores de parqué de Gustave Caillebotte.
Me planté frente a las escaleras que me permitían bajar a las primeras salas y observé lo que antaño había sido un continuo paso de transeúntes por la estación y cómo había sido modificada para que ahora miles de personas se congregaran frente al arte. En medio de la sala se hallaba el reloj oro tan típico de las estaciones en los grandes filmes.
La mezcla de escultura y lienzo recorría las salas mientras los flashes y el clic de las cámaras se multiplicaban por segundos.

    Cuando me encontraba en la sala frente al autorretrato de Van Gogh, pensando en la paradoja de su vida donde su obra nunca obtuvo reconocimiento y tras defunción floreció exponencialmente, vi una mano blanca de refilón que se me acercó y me susurró al oído:

-Sí sigues mirando vas a desgastar el cuadro -Una leve sonrisa acompañada de una risa casi muda- ¿serías tan amable de sacarme una foto?

-Claro – Aún impresionado por su aparición, conmocionado por la belleza y un poco desilusionado porque probablemente se tratará de otra persona que iba al museo a pasear sin observar el arte, donde se sacara un par de fotos y sirviera para un efímero momento de “protagonismo” en alguna red social.
Muchas gracias, la verdad es que no suelo sacarme este tipo de fotos pero me gustaría tener un recuerdo por si algún día olvido todo –decía mientras esbozada una dulce sonrisa- aunque bueno, supongo que no te importara- se río esta vez con más fuerza- pero como te pasabas tanto tiempo delante del cuadro pensé que quizás tú también comprenderías la tragedia de su vida, tal vez hablo demasiado, lo siento ya no te molesto más- dijo mientras se giraba.


-No pasa nada, no molestas en absoluto – ella dejo de girarse y en un momento nos encontramos mirándonos fijamente donde sus ojos marrones chocaban con el verde de los míos- justamente estaba pensando en ello y se me pasaban un par de versos por la cabeza –dije mientras sonreía- soy algo así como un proyecto de poeta aunque lo hago más para mí que para el resto

-Como ha de ser la verdadera poesía – me contesto ella.

Me quedé sin palabras y mientras intentaba pensar algo que pudiera continuar aquella conversación nuestros ojos seguían mirándose y mi mente vaciaba por momentos. No sabía que decir, así que intenté algo automático.

-Te gustaría tomar un café, no conozco a nadie en París y la conversación me parece agradable – me sentía pedante y alejado de la realidad, ¿Quién dice “la conversación me parece agradable?” los nervios me poseían aunque los disimulaba, inesperadamente, bien.

-Me encantaría pero me tengo que ir a un compromiso en poco tiempo y aún me queda mucho museo que ver – sentí un aguijón en el pecho y una bola que me subía por la garganta-, si te parece podemos recorrerlo  juntos – toda esa tensión de repente se evaporó.

Pasamos por todas las salas mientras hablábamos de arte y nos preguntábamos sobre nuestra vida, aficiones, etc. Ella era profesora de una facultad especializada en historia del Arte, le gustaban la poesía y la literatura. Se iba a quedar en París hasta el martes por la mañana que era cuando salía su vuelo de regreso (al parecer ambos habíamos aprovechado la misma oferta de vuelo aunque desde diferentes coordenadas). Físicamente tenía una tez blanca, unos rasgos suaves pero definidos era más baja que yo, tenía el pelo largo y los labios color carmesí. Una mirada profunda que parecía ver en tu alma y un inesperado sentido del humor bastante absurdo.

Por fin llegamos al final y después de comprar unos libros y regalarnos una pequeña postal nos despedimos, intenté que me salieran las palabras para poder volver a verla esos días pero no fue posible, seguía demasiado nervioso y aunque había estado encantado con ella, nuevamente la vergüenza había ganado la batalla. Miré la postal que me había regalado, eran los acuchilladores de parqué –esbocé una sonrisa- y por algún motivo le di la vuelta y en su parte de atrás ponía: 


        “Siento que no hayas podido mirar a los acuchilladores hasta inspirarte, espero te sirva esta foto.
              Me ha gustado mucho conocerte y me gustaría verte pero no me atrevía a decírtelo directamente, te espero a las 22:00 en el restaurante Les Relais Gascon. Si no vienes lo entenderé.

                                                               Un beso”

Había aprovechado el momento de las tiendas de souvenirs para escribirme ese mensaje, y no me había dado ni cuenta, de ahí el rubor de sus ojos cuando se marchó tal vez con demasiada prisa y casi sin mediar palabra.

Era domingo, Estaba en París y el sol se escondía entre las nubes grises.





Foto de Mireya Ordiz Blanco.
                

martes, 17 de enero de 2017

Alzhéimer

Despierto un día más sobre las sábanas mientras entra la luz sorda por la ventana. El mundo gira sin demora y pienso que si me voy el engranaje seguirá su curso. ¿Cuánta gente pensará igual? Tal vez podría ser una pregunta recurrente en las mañanas, pero ni siquiera me acuerdo de ayer. ¿Qué sentirá el resto del mundo? ¿Habrá alguien que haya dejado de sentir?
Cojo mi bolígrafo mientras me sitúo en la mesita y comienzo a escribir:

La convencionalidad: Es uno de los mayores mitos sobre los que se asienta la realidad. Pero no en un sentido abstracto, sino en un sentido pragmático. ¿Qué es un convencionalismo? Se trata de esa serie de actuaciones reiterativas que se dan bajo un cúmulo de circunstancias y que si no se cumplen supondrá un descrédito social.

Te pueden acusar de: Ser un maleducado, sin empatía, o carente de sentimientos.

¿Ejemplos?
Entrar en un Hogar, institución, museo, centro religioso, monumento, etc. Sin quitar tu sombrero; decir buenos días cuando se entra a un lugar; apenarte bajo una defunción y un largo etcétera.

-Me niego categóricamente-

¿Acaso mi sombrero molesta?; he de saludar a alguien que no sea agradable para mí; debo mostrar respeto por una persona que ha perpetrado mil marrullerías por el simple hecho de morir. ¿La muerte nos iguala a todos? Lo único que iguala es la podredumbre que nos llega.
Misas, beatificaciones y silencios para quienes en cámara salen en la actualidad o aquellos relatores de la historia decidan incluir, pues al fin y al cabo si no se sabe escribir ¿Cómo hacerlo? Tirando del dicho: “Una de cal y otra de arena” para los retazos de recuerdos en las páginas y brillantina de memoria para los focos.

Por un momento posé mi bolígrafo con el cual descargo mi cruzada contra los convencionalismos y me limito a observar.
Hacía tiempo que vivía solo y realmente aparte de la apetencia por escribir y leer poco más me quedaba, ¿Sentir?
A veces reflexionaba sobre esa palabra tan manida por el tiempo, el uso y la vida. Cuando se consultaba a alguien sobre una problemática te decían “Déjate llevar por lo que sientes” otros en cambio “Piensa con la cabeza, no te dejes llevar por los sentimientos”
Sentir y razón ¿son antónimos irreconciliables?, esa era una duda pero la que más pasaba por mi cabeza era  ¿Qué pasa cuando no sientes?
Cuando simplemente hay ausencia, ¿acaso es vacío?  Se habrá terminado mi depósito y no habrá más emoción. 

Hay veces que intento repetir acciones del pasado para poder volver a sentir… Al cabo de un tiempo me doy cuenta que no es igual. A veces intento recordar pero ya no queda recuerdo… ¿Habrá alguien igual en algún lugar?

Imagen: Los relojes de Dalí



viernes, 25 de noviembre de 2016

A Fernando Macarro

Y sembrado el silencio cuando la lluvia repicaba en las ventanas la noticia llegaba, habías muerto. Llevabas un día en estado grave y al fin tu luz se apagó.
“Amar a los demás es la mejor manera de amar a uno mismo”, tal vez una de las frases que mejor refleje tu ser, tu vida.

Los retazos de memoria nos llevan a una orilla del mar donde mientras el viento y las olas compaginaban su existencia esperábais los barcos ingleses que nunca llegaron. Sin embargo si apareció el buitre negro, ese buitre que llevaría la vida de tu padre y de tu Madre, el mismo que te encarcelaría mientras te condenaba a muerte.

Tras los barrotes de color gris que opacaban el sol para cerraros la esperanza, cortaros las alas y abrir las lenguas, fue donde empezaste a sentir en tus carnes las garras mientras se alimentaban de tu vida y te hacían olvidar las hojas mientras resurgías en forma de padre, madre e hijo.

Decidme cómo es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo
de las estrellas, del aire.

Querías que la poesía llamara a las puertas del mundo para pedir solidaridad con las personas que luchábais contra la dictadura. Tú hablabas de los héroes oscuros, gente sin nombre, gente anónima que sufrieron lo que tú, pero que no tuvieron un reconocimiento, esos héroes y heroínas cuyo voz quiere callar el mismo buitre que te tuvo en sus fauces veintitrés años. ¿Cuál fue vuestro pecado?

Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.
Por eso aquí entre rejas,
en diecinueve inviernos
perdí mis primaveras.
Preso desde mi infancia
ya muerte mi condena,
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.
Mas no hay sombra de arcángel
vengador en mis venas:
España es sólo el grito
de mi dolor que sueña.

Con ese pecado se fueron quemando tus primaveras que recorrían las cárceles con entereza, orgullo y dolor. Dejas un legado de resistencia, de honradez, de poesía. Por qué la poesía es un arma cargada de futuro y tú nos demostraste su valía para ti, para nosotros, para el mundo.

Y ayer te apagaste después de una vida de poesía, de futuro. Tu herencia resonara en cada voz, en cada silaba, en cada vocal que salga de nuestras roncas gargantas. Cada verso está sembrado de ejemplo, de ti. Descansa en la tierra leve y sé parte de nosotros, sé parte de este amor hacía un mundo solidario, hacía un nuevo mañana, porque como decía Hegel: “Amar es dejar de ser, para ser más”


Retumban los tambores 
d'esta tierra nuestra,
donde cantan los labores 
que la siembra labran.
Sombra de esperanza 
que en la cárcel no murió
y por el viento su grito 
el alba logró.
Miles de puños 
emergen en el aire,
Miles de corazones 
lloran tu partida.
No es muerte
ni llanto 
ni agonía 
yo te prometo mi vida
en la lucha combativa.


En Honor a Marcos Ana.

Foto de José Camó.

























domingo, 16 de octubre de 2016

El rey de los relatos y el aprendiz de humo.

Años atrás en una plaza de pueblo se reunían las personas para hablar, jugar e interactuar. En dicho lugar había un anciano que días tras día se sentaba en una silla y contaba a la juventud que a su alrededor se congregaba las historias de su vida, desde sus peripecias de infancia hasta sus desventuras en el amor y trabajo.
Cada año que pasaba, menos mocedad se reunía a su vera, las historias acabaron por reiterarse, la infancia dio paso a la adolescencia, donde ya no interesaban tanto las historias ajenas como vivir las propias. Y las costumbres de reunión comunitaria se fueron perdiendo.
Con el tiempo el viejo falleció mientras aquella juventud se convirtió en adulta y el pueblo sufrió el éxodo a la ciudad.

Un joven que había vivido en aquel pueblo y se crió con las historias de aquel anciano, trabajaba en la ciudad como repartidor de periódicos para poder pagarse unos estudios y su habitación.
El joven recorría todos los días el mismo camino y en su tránsito diario veía múltiples oradores que subidos a un pequeño taburete profesaban a viva voz sus ideas, religiones, o costumbres. Tenía mucha curiosidad por este tipo de gente y siempre que podía se acercaba a escuchar. Escuchó todo tipo de discursos y métodos. Cada orador tenía su propio estilo, sus propios argumentos, conceptos capitales, muletillas, etc. Pero había algo raro y es que de algún modo u otro la gran mayoría de las historias y argumentos ya le sonaban, pero no sabía de qué.

Con el paso del tiempo y con su gusto por las historias, estudió filología hispánica; quería saber más sobre las novelas y sus autores/as, qué clase de vida habían tenido y por qué se les habían ocurrido tales obras. Pasó años sumergido en aquel maravilloso mundo.

Cuando finalmente terminó su carrera y tras unos años, tuvo que volver un buen día a su pueblo, a aquella pequeña parcela de mundo que ya casi se había extinguido de su memoria.
Una vez allí se encontró con una compañera de la infancia y se fueron a tomar algo a la cafetería casi desértica del lugar.

Comenzaron a charlar sobre anécdotas de infancia, quién se había escondido dónde, cuándo cayó al pozo, dónde había surgido el primer beso, la primera copa, el primer libro y la primera historia, y eso les llevó al anciano. Él no se acordaba de ninguna historia en concreto, pero ella que había permanecido toda su vida allí aún las recodaba con total precisión.

Conforme la chica comenzó a rememorar una historia tras otra, él fue haciendo esquemas mentales que situaban cada pequeña fábula de aquel anciano en una novela o cuento de la gran literatura universal. El viejo había hecho propias las grandes historias de otros autores y las había adaptado a la realidad con él como protagonista. De repente, se puso pálido y no supo qué pensar, acto seguido se despidió como buenamente pudo, terminó sus trámites en aquel lar y volvió a su hogar, mientras pensaba cómo podía haber olvidado aquellas historias, cómo las recordaba aquella joven y qué era lo que pensaba acerca de aquel viejo que había ¿robado? las obras de otros autores.

Al día siguiente se levantó mientras pensaba si su infancia se había asentado sobre una mentira, si todas las vivencias en torno a las historias del viejo eran falsas. ¿Por qué había mentido aquel anciano? ¿Cuál sería su razón?


¿Fue un vendedor de humo o un contador de historias?




Foto de Robert Doisneau.




















domingo, 2 de octubre de 2016

Esperanza, luces y acción.

Suenan las campanas mientras un viejo en su esquife vuelve al puerto con el cuerpo cansado y un par de peces en la bolsa. Avanza hacia el bar de la villa donde encuentra a los parroquianos habituales y se sienta en su taburete cotidiano a ver el resumen deportivo en la televisión mientras en la cocina le preparan una de sus presas. Hoy cena, mañana desayuno, después habrá que volver a salir al mar.

En televisión aparecía la joven reportera que analizaba el juego de su equipo y mientras comía escuchaba. En el bar se iba generando un bullicio en torno a una problemática local.

La cuestión era si el puerto y sus alrededores debían abrirse a grandes embarcaciones. El pueblo había crecido y su principal actividad económica ya no sólo era la pesca, sino también el turismo.

Un creciente interés gastronómico y las diversas sendas acondicionadas habían generado un impulso al pueblo que veía como cambiaba su pequeña rutina.
Se habían reformado casas y pisos para las nuevas gentes que con el repunte del turismo habían decidido montar su negocio y trasladarse de la capital a la villa. Aunque en general los nuevos inquilinos formaban parte de la comunidad, también se empezaron a construir chalets alejados del vulgo.

Con todo ello se abrió el debate del puerto. Si salía la apertura, la biodiversidad marina corría peligro y el negocio pesquero podía perder sus bancos habituales. En el sentido positivo el crecimiento turístico aumentaría.
Todo este asunto había generado una polémica que enfrentaba a parte de la comunidad.

La “modernización” era una palabra que estaba en el centro del tablero de debate.
“Renovarse o morir”; “avanzar hacia el futuro”; “Un pueblo con futuro” “Una nueva economía”
eran frases hechas que circulaban de boca en boca por parte de las voceras de lo nuevo.
Carteles, charlas de economistas “reputados” eran parte de una nueva cotidianidad en la villa en pro de “un nuevo futuro”, hasta tal punto llego, que se fundó una pequeña radio como parte del novedoso proyecto.

En la otra parte se encontraban sobre todo las familias pesqueras y alguna persona del turismo. Insistían en la necesidad de la pesca como actividad necesaria para la supervivencia del pueblo. Las nuevas embarcaciones traerían consigo el fin de la pesca.
 El viejo acabó su cena y se levantó del taburete, los deportes habían terminado y su equipo había caído por dos goles. El bullicio siguió creciendo y él salió por la puerta.





Foto tomada de Rafael Ojea Perez en www.flickr.com